
Sin dudas uno de los libros más esencialmente conmovedor de la literatura universal es El Principito del francés Antoine de Saint–Exupéry, en el podemos aprender a dibujar una oveja escondida en una caja, comprender que aunque los turcos se vistan diferentes al resto del mundo uno de sus astrónomos descubrió para los hombres un asteroide que nunca nadie había visto en el universo, “que cuando uno esté muy triste quiere ver las puestas del sol”.
Nos lleva Saint–Exupéry a comprender que las personas se les juzga por sus actos, no por sus palabras y que es necesario exigir a cada uno lo que cada uno puede dar y que lo más difícil del mundo es juzgarse a si mismo y que si lo logras es porque eres un verdadero sabio.
Cada salto de página, cada renglón de El Principito es como una gran lección que reconforta por las maneras sutiles que las desliza y el acogedor estilo de sus formas.
Dice Saint–Exupéry que lo “esencial es invisible a los ojos” y es verdad “porque sólo se ve bien con los ojos del corazón”.
Con una sencillez asombrosa propone una de las fórmulas de amor más eterna, la seguridad de saber que alguien en algún lugar está ahí y dice: “Si uno ama una flor de la cual no existe otro ejemplar en millones y millones de estrellas, es suficiente para ser feliz, solo mirarla”. Uno se dice: “Mi flor está allí, en alguna parte”.
El genial y universal libro que es El Principito está precedido de unas excusas porque su autor lo escribió para los niños y se lo dedicó a una persona mayor y las excusas de Saint–Exupéry son estas: esa persona mayor era su mejor amigo, esa persona mayor podía comprenderlo todo, hasta los libros para niños y la tercera de las excusas era que esa persona mayor tenía necesidad de ser consolada.
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