El 0900 es uno de los tantos dígitos que alguna vez identifica a un cubano, pudo ser 636030 o 61122907802 el número de la libreta de consumo, la 025, pero definitivamente es el 0900 el número de un carné que nunca ha llegado a mis manos. Quién sabe a lo mejor y es virtual.

jueves, 20 de noviembre de 2008

El Heraldo

“Outra vez again”. Foto Pedro-beil.

El Heraldo


¿Qué ley, justicia o razón

negar a los hombres sabe,

privilegio tan süave,

excepción tan principal

que Dios le ha dado a un cristal,

a un pez, a un bruto y a un ave?

Calderón de la Barca



Creía estar cansado, müde sich gedacht, ¡Ay, Goethe! o al menos le parecía estarlo, cuando se dejó caer derrumbado sobre el sofá culpable, sobre el sofá que no fue vendido a pesar de ser culpable. En ese soplo, la realidad se le presentaba a manera de piezas sueltas de un rompecabezas; buscar la viripotente, auténtica cola de la diosa Juno, la oculta, la de las dos naturaleza, la que no es Pronuba, ni Lucina, ni Regina, aquello le resultaba más lejano que una revelación de un mistagogo, prefirió, como lo había deseado muchas veces en su propia búsqueda, y se había gritado así mismo “Quiero ser un nogal”. Nogal porque sabía que nogal era como la conjunción de los opuestos, esa especie de estar en un mismo ser, la cola y la cueva. Ahora estaba sin los dos, sin ella y sin él. Ella no era Mónica, era Regla María, “mi alma mater y mi madre” y lo decía como masticando las palabras, del mismo sofá culpable toma, un casi roído, librito al que Carlos Manuel, le arrancó la carátula para cambiarle el título y ponerle Carlos Manuel como su propio nombre, en cada lugar del librillo donde aparecía el nombre de Mónica, él: Carlos Manuel lo cambió por el de Regla María, con unos papelitos pagados con almidón y escritos en alargados trazos a tinta, era una manera de confesarse a lo Marguerite Yourcenar, era Alexis sin Alexis, lanza el librillo contra la pared y aunque nadie lo puede escuchar deja escapar las palabras “ Alexis o el tratado del inútil combate, después de leerlo sin Carlos Manuel y sin Regla María, da la sensación de un abismo, es un libro que encierra una esquizofrenia de mente dividida, una especie de delirio de culpas o un exorcismo, y si es así ,entonces, es una forma más de prejuicio adornado con el sublime nombre de literatura, Alexis pide que lo comprendan que es más difícil que perdonarlo, comprensión y perdón, no son más que artificios para resistir al rostro público, para ocultar una verdad que no es menos que las demás; las últimas líneas fueron la revelación para entender lo del sofá culpable, Alexis- Carlos Manuel- Regla María - Mónica - Marguerite – Grace Frick: te pido perdón, lo más humildemente posible, no por dejarte, sino por haberme quedado tanto tiempo.”

Tirado boca arriba sobre el sofá culpable, se desabrocha el pantalón y antes de que brotara su adarga, como en la mirada de un zoótropo con el efecto de visión mantenida desde sus cortes perfectos aparece Regla María, lavando enfurecida los uniformes escolares de él mismo, y el cepillo arrojaba un logo optikos que dejaba ver hasta el sonido, tiraba el cepillo, buscaba casi sin mirar el trapiador, corría hacia el baño se desnudaba y todo empezaba, primero a horcajadas sobre la longitud del mango del trapeador que se convertía por obra y gracia de Regla María en un soberbio escudo caballeresco donde el pico, era el jefe, el centro era el abismo y la terminación ingenua del trapeador en forma de T era, lo que llaman punta, pero inservible para el fin último del trote de Regla María, que como un caballero medieval dividía su escudo al palo, su centro o abismo frotaba, frotaba los abismos de Regla María hasta casi la desesperación , instante en que en una de las más hábiles maniobras jamás vistas , salía del abismo y cabalgaba con más furia sobre el pico o jefe hasta el éxtasis de los líquidos felices , se dejaba caer y en el piso se llevaba como en una ceremonia el pico mojado a la boca y todo terminaba con una fricción bucal.

“Tinhas dito?” Foto Pedro-beil.

Luego a la ducha y no ha pasado nada. Regla María lo hacia todo como si estuviera sola en su mundo, pero él estaba allí y al pasar los minutos y Regla María volver al lavado de sus uniformes, iba hasta el baño tomaba el trapeador cabalgaba sobre el , sin que sintiera nada, sólo un olor húmedo que brotaba del jefe o punta del asta del simple trapeador de su casa, eran las feromonas que dejaba impregnada en el ambiente Regla María y que ahora sentía en el sofá culpable, eran como el imán que lo hacia volar hasta allí cada vez, aunque ahora le parecía vaho, un anuncio de acabamiento. Cuando Carlos Manuel llegaba el orden reinaba y la casa con su carga, iba más lenta, más acompasada, sin las fierezas de Regla María. Carlos Manuel pasaba casi todo el tiempo frente al espejo grande del armario que lo captaba de cuerpo entero, de frente, de escorzo y casi de espaldas a veces hacia como si se fuera a tocar pero se contenía, a veces Regla María entraba y él en la sorpresa se lanzaba a la cama, ella se sonreía y seguía. Carlos Manuel fue de los probados rebeldes, los machos que hicieron la guerra y se dejaron la barba y crecer el pelo antes que los Beatles, los duros, los que no se ablandan, los que no se pueden dejar tocar las nalgas ni en la mas impenetrable oscuridad, fue de los que llegaron un enero cargados de peste y un churre que daba asco, nauseas y se posesionaron en todas la esquinas, en las lujosas mansiones y en las limpias, blancas y finas sábanas de camas acogedoras y piernas abiertas hasta la saciedad. Esa peste y ese churre acumulado no afeaban el ornato público ¡Ah! Pero cuando Carlos Manuel le arrancó la carátula al librillo y cambió el nombre de Mónica por el de Regla María y se convirtió en Alexis y dejó la casa a la que sólo llegaba de pasada para derrumbarse sobre el sofá culpable como estaba ahora mismo él, entonces fue cuando dejó de venir y Regla María empezó a llevarlo a un lugar distante, en el campo donde sólo había hombres o la sombra de hombres, Regla María cuando alguien le preguntaba el destino, decía circunspecta, pero digna “Voy para la UMAP a que el niño vea al padre ”. A Carlos Manuel se lo llevaron porque afeaba el ornato público, él ni antes, ni después pudo comprender porque Carlos Manuel su padre, que además se llamaba como el Padre de la Patria, afeaba el ornato público. Sin embargo, el sofá si era culpable, porque mientras Carlos Manuel no se presentaba, Regla María abría la puerta, encendía una lámpara de pie de luz exigua y lanzaba a aquel hombre sobre el sofá, noche por noche caía un hombre distinto, pero el rito era el mismo, el mismo bajo todas las lunas, bajo todos los cielos en todos los tiempo, sólo hay diferencias en las sutilezas, la sutileza de Regla María consistía en desabrocharlo todo, quitarlo todo, amasar la adarga, convertirla en un asta, saborearla y luego acuclillarse y subir y bajar el asta con furia, para regla María la furia es esencial, antes de que el asta fuera a tornarse en serpiente rastrera, se volvía y seguía con la misma furia para saltar como una demente y atrapar con la boca la punta del asta para terminar sólo en las contorciones del elegido y su boca llena del líquido feliz que dejaba correr por su barbilla pasando por el cuello para frotarlo como un ungüento sobre los senos que como cumbres se alzaban en su pecho, las manos seguían la frotación y llegaban a la cueva donde no hacia falta más cola, sólo sus dos manos que casi se perdían en la cueva ancha y poco a poco Regla María se quedaba quieta, quieta, los hombres, unos se vestían y sin hacer el menor gesto se perdían en la noche, otros exigían algo más pero Regla María ni se perturbaba y eso irritaba a unos y encolerizaba a otros, los cargados de cólera y rabia la embestían contra ella, pero Regla María inconmovible, estoica como si pusiera la otra mejilla. Una noche no fue un hombre, fue una mujer, desde el mismo sitio, desde la atalaya perenne, lo vio todo otra vez pero al final las dos, en la penumbra parecían posesas, sus cuerpos limpios sin estigmas como si hubieran borrado las máculas acumuladas, eran cuerpos distintos desde la misma desnudez, estaban gloriosos de la luz, todo sobre el contraste del sofá culpable, que lo hacia sentir a él desde su atalaya como ciervo buscado, como el cazado dos veces, como un heraldo que estaba allí exclusivamente para traducir, transcribir o quizás simplemente para describir, se sentía desviado, porque lo llamaban desviado en todas partes, un heraldo no era precisamente un desviado, para los otros él era un desviado. Desde el sofá culpable y como si apartara el zoótropo un momento, el heraldo meditó en voz alta, sin que nadie pudiera oírlo, excepto usted que ahora lee y que sin darse cuenta se ha convertido en un coautor, cómplice de esta historia que bien pude ser al suya misma o la del ínclito varón militante que vive al frente de su casa o el de la atildada presidenta del comité, los de impecable trayectoria, los no desviados, los que acatan la transparencia de las orientaciones que bajan y prefieren vivir sin recónditas ilusiones, porque las orientaciones dicen cuando debemos estar jubilosos, cuando tristes, cuando iracundos y cuales deben ser las quimeras, también como dice el poeta suprimido, hay que estar dispuesto a vivir así y a morir de tres exclusivas y públicas maneras, de esas largas y penosas enfermedades, que por largas y penosas tienen mucha similitud con la realidad televisiva, aunque cualquier coincidencia con la realidad, es pura coincidencia, de una repentina enfermedad, la enfermedad es un dolencia indeseable, lo de repentino se emparenta más con las orientaciones que bajan, también se puede morir de un trágico o lamentable accidente y épocas de contienda dentro o fuera sólo es posible caer, y cuando se escucha caer no cabe otra acotación: heróicamente, y el heroísmo encierra hasta en la muerte la convicción de la victoria. Pero volvamos al sofá culpable donde dejamos al heraldo en un trance de meditación, literariamente llamado monólogo como el de Ulises que no era precisamente de él, sino el de una señora, el de Hamlet o el de la duda existencial de Segismundo, el heraldo, el mismo que se gritaba a veces que quería ser un nogal, medita o más bien monologa: “¡desviado!, cuando algo se desvía es porque tiene como referencia, un eje, un centro, ¿cuál es el centro? ¿quién tiene la respuesta?, desviado en relación a qué, quién traza la pauta, quién cree tener ese dominio sobre la verdad, somos parte de una naturaleza y la naturaleza es una esfera infinita cuyo centro está en todas parte y al circunferencia en ninguna, al menos desde Platón hasta Pascal, el centro es esa imprecisa porción sin tiempo, ni espacio o es todo el espacio y el tiempo, puede ser también el sofá culpable.”

“Animalea”. Foto Pedro-beil.

Al heraldo, le ha brotado desde su centro y se levanta el asta, como mástil, como perdiga y él la acaricia, la baquetea arriba, abajo, y se dice: “esta es la cola de Juno, mi cola de Juno, me gusta cuando se despliega, cuando toma este porte extendido, me gusta tanto que si la corto desde su raíz podré esgrimirla como la espada o como cola móvil e ir hasta mi propia cueva”, en ese momento saca de su bolsillo una navaja ,la abre y la coloca en la base del asta, en su firme barbado, no aprieta se queda mirando el asta, con su porte extendido “ yo soy lo quiero ser y no me importa el resto, tampoco tengo que tener a nadie adosado , no soy Hermafrodita que tuvo que cargar con el castigo de la ninfa que por sentirse rechazada imploró estar siempre así adyacente a él y por la eternidad llevan las dos naturalezas, el anima y el animus en esa constante cruzada de las definiciones sexuales o mejor de las orientaciones porque la presencia del anima o ese espíritus de mujer que llevan los hombres y del animus ese aliento de hombre encerrado en la mujer , sin ser ninguno de los dos o lo dos mismos, pero eso no me importa ahora, sino que ésta es mi asta, bella, robusta en su porte extendido , la cúpula que se me descubre de su telón de boca retráctil y queda como una bellota púrpura, es una especie de agresiva y grácil punta de lanza con una cisura vertical y toda la cresta es como una cabeza de serpiente desafiante, el cuello baja desde la turgencia abellotada de la cresta, allí se recoge la tela retráctil que se va extendiendo cuando se frota en el sitio o allá arriba en la razón si es que en ese momento puede contenerse alguna razón, baja mi asta en una redondez venosa que como retículas corren hacia abajo o hacia arriba ¿quién sabe?, se llenan hasta quedar abarrotadas, tiesas, es la espiga extendida, recorrer esa redondez es una aventura sensible, gloriosa de la luz, poco a poco se puede llegar hasta la base donde se pierde en una barba algo rala. El asta, mi cola sin cueva que destella como la del cometa. En ese momento aprieta un poco la navaja y siente primero como escalofrío, luego algo caliente, no era el líquido feliz, tenía un olor a hierro, se siente un Mohel judío o el séptimo de los ocho inmortales, él que tañe también un laúd, la navaja sigue su trayectoria segadora, y él queda en su sueño supremo, limpio, pulcro donde esgrimiría su lanza, sólo a su voluntad, alza el brazo y apretada en la mano la adarga de él que sin salirse de los crispados dedos cae chorreante hasta el piso. Todo quedó en un silencio insondable y así pasó el sutil tiempo, hasta que la puerta cayó violentamente y un perro saltó casi sobre la mano crispada de él, donde sujetaba su cola, lanza, adarga y el perro instintivamente se puso a lamer la cresta embellotada, la que fue engullendo hasta el final sin que nadie pudiera darse cuenta. “Esto parece un rompecabezas” dijo alguien que salía hacia la calle.

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